Sobre la Inteligencia Ejecutiva

¿Por qué hablar de inteligencia ejecutiva en organizaciones y desarrollo personal?

Durante siglos se pensó que la unción principal de la inteligencia era conocer. Fue la época dorada de la Inteligencia Cognitiva. Después se reconoció la importancia de la Inteligencia Emocional, dada la influencia del mundo afectivo en el comportamiento humano.

Muchos síntomas parecen anunciar que estamos en el comienzo de una nueva etapa, que aprovecha todo lo anterior situándolo en un marco teórico más amplio y potente. Desde múltiples campos de investigación emerge la idea de la INTELIGENCIA EJECUTIVA, que organiza todas las demás y tiene como gran objetivo DIRIGIR BIEN LA ACCIÓN (mental o física), aprovechando nuestros conocimientos y nuestras emociones.

La Inteligencia Ejecutiva, Jose Antonio Marina

Lo que nos encontramos en nuestro día a día es que muchas personas, líderes y organizaciones conocen la “teoría” de la solución de lo que necesitan. Los problemas teóricos se resuelven cuando encontramos la solución, pero los prácticos son diferentes. No se resuelven cuando conocemos la solución, sino cuando la ponemos en práctica.Hay un desfase, entre lo que las personas conocen, y piensan que quieren llevar a cabo, a lo que de verdad ponen en práctica, hay un desfase entre las soluciones teóricas que conocemos, y las que luego ponemos en acción para solucionar necesidades efectivamente. Nuestro esfuerzo con las formaciones e intervenciones es reducir este desfase.

Esto es lo más difícil porque entran en juego las dificultades de la situación concreta, los deseos enfrentados, los miedos, las expectativas, los intereses. No cuesta lo mismo descubrir que ciertos alumnos necesitan una serie de soluciones, que emprender todas las acciones necesarias para solucionarles el problema. Del mismo modo una persona, nos dicen muchas veces: “Si la solución ya la conozco, pero no se como llegar a ella”. De ahí la trascendencia del entrenamiento de la inteligencia ejecutiva, solemos tener muchas soluciones a los problemas, pero, ¿ejecutamos alguna de ellas? ¿tomamos decisiones al respecto?

Un «director» para dirigirnos a nuestras metas

Todo lo que gestionamos en torno a nuestros planes y los que desarrollamos en las organizaciones lo hacemos con la inteligencia, y ésta necesita un director de orquesta, esto es, un set de funciones que conjuntamente nos lleven hacia adelante en el logro de lo que queramos llevar a cabo.  Este set a nivel cerebral organiza toda nuestra inteligencia, y en el caso de las organizaciones quien es responsable de esto es el/la líder de la misma, que puede orquestar y activar o desactivar cada función según la situación lo necesite: si la organización necesita un refuerzo de atención, si necesita un refuerzo de activación, de pararse y no trabajar impulsivamente, si necesita mantener ciertos esfuerzos, tomar decisiones, ser flexible, más planificada, aprender mejor o ganar más conciencia.

Es en este punto donde encontramos la respuesta en la inteligencia ejecutiva y sus funciones. A través del estudio de las funciones ejecutivas que componen la inteligencia ejecutiva, podemos analizar los comportamientos que cada persona puede adquirir para mejorar su desarrollo: mejorar la organización, planificar mejor, atender, tomar decisiones, ser más consciente de sus recursos, de cómo gestionar su energía y motivación, etc… Unos comportamientos que le ayudarán a superar su GAP Ejecutivo, es decir, lo que le falta para ser más ejecutivo y la diferencia entre los planes que tiene en la teoría dentro de su mente, y lo que llega o puede llevar realmente al campo de la ejecución y la acción. De los elementos que juegan en su contra, los más importantes son: la cantidad de inputs y estrés que llegan a él/ella durante el día, la impulsividad e inercia del día a día, sus hábitos no ejecutivos y los automatismos que lleve de serie.

Las organizaciones piensan y son más o menos “inteligentes”

Las organizaciones como sistemas vivos, tienen hábitos y formas de utilizar y dirigir su inteligencia durante su proceso de producción o realización de servicios. Éstos a su vez, pueden ser en general más o menos saludables, más o menos estresantes, más o menos coherentes con la cultura, más o menos enfocados y así un sinfín de determinaciones que conformarían el cómo la organización “vive” en su día a día. El contexto organizacional está lleno de elementos que pueden resultar disfuncionales ya no solo para sus resultados, sino para como es el proceso de trabajo a todos los niveles.

Los ritmos de trabajo, el ritmo de pedidos, el exceso de presión por parte de dirección, la sobrecarga de trabajo, los tiempos de entrega, las exigencias del cliente y el servicio, etc… crean en las organizaciones un latido o un ritmo que suele ser acelerado, y a veces muy automático y poco saludable si hablamos sobre todo en términos de estrés. Al final lo que tenemos detrás de todo esto son outputs que la organización siempre va a querer optimizar: estrés, pérdida de capacidad estratégica, problemas de comunicación, pérdida de calidad de vida de los equipos, conflictos interdepartamentales, pérdida de calidad del servicio/producto, incremento de costes por absentismos/burnouts, pérdidas de tiempo, duplicidad de funciones y tareas…y un sinfín de gaps o márgenes que podemos mejorar del día a día.  Esto supone que en las organizaciones haya una serie de déficits a nivel particular, a nivel organizacional y sobre todo a nivel de liderazgo relacionados con la capacidad de dirigir el comportamiento hacía las metas deseadas.

En por ello que, en esta plataforma y las herramientas que estamos desarrollando, incorporamos de forma pionera la aplicación de las funciones ejecutivas no solo al nivel del profesional individual, sino también al nivel sistémico de equipos y organizaciones, entendiéndolas como competencias a nivel de organización entrenables a través de las personas que la componen, y como posible solución y aportación a déficits que comúnmente se producen en los contextos organizacionales modernos.

Las funciones ejecutivas al final orquestan la inteligencia de nuestro cerebro, por lo que entendemos en esta intervención que realizar un enfoque que mejore estas habilidades a nivel organizativo, va a ayudar a que el mismo trabaje de manera más “inteligente”. Al final que una persona viva de manera “ejecutiva”, supone que esté dirigiendo sus acciones y día a día a sus metas internas. Que una organización sea más “ejecutiva” va a suponer que sea más estratégica, porque va a saber cómo trabajar de manera menos caótica, menos impulsiva, más reflexiva, más organizada, más atenta y sobre todo más consciente. En este rasgo ejecutivo además la organización encuentra su empresa última: la expresión de su misión, visión y valores, al conseguir que lo que se propone formular luego se cumpla en mayor medida. Su ejecución representa su identidad en acción.

Una solución para la educación del futuro

Lo que nos permite su desarrollo es pasar de la idea a la acción, de la posibilidad al intento, de la silla al pasillo, de la mirada a la conversación, de la contemplación a la interacción.Llamamos a esta inteligencia “ejecutiva” porque supone todas aquellas operaciones mentales que permiten bien elegir objetivos, elaborar proyectos, y organizar la acción para realizarlos.

Une las ideas con la realización, y supone que “aprendamos a ser libres”. De hecho, la investigación actual coincide en afirmar que existe un modelo de inteligencia estructurado en dos niveles. Hay un nivel generador (inteligencia generadora) de ideas, sentimientos deseos, imaginaciones, impulsos, y un nivel ejecutivo que intenta controlar, dirigir, corregir, iniciar, apagar, todas estas operaciones mentales, con mayor o menor éxito. Por ejemplo, tal es la trascendencia en la educación de esta dimensión de la inteligencia que Lynn Meltzer, una experta en temas educativos describía que «el éxito profesional en la era digital está cada vez más ligado con el dominio de procesos tales como planteamiento de metas, planificación, organización, flexibilidad, gestión de la información en la memoria de trabajo, y autosupervisión».

La inteligencia ha supuesto siempre que podamos resolver los problemas, aprovechando la información, y aprendiendo de la experiencia. Gracias a ella nos enfrentamos a los problemas de la vida diaria y el trabajo, que suelen ser de dos tipos: teóricos y prácticos. Ahí reside la clave del avance de la inteligencia ejecutiva, que nos orienta a la resolución de los problemas prácticos.Los problemas teóricos suelen tener una solución que existe de antemano, por lo que el esfuerzo solo debe ir orientado a la búsqueda de la misma. Por el contrario, los problemas prácticos son más complejos y difíciles de resolver porque en ellos se mezclan ideas, emociones, intereses, expectativas, esperanza y dificultades.

Algunos expertos ponen el ejemplo de un gran navío, donde existe una sala de máquinas (fuentes de energía, instrumentos para captar información, almacenarla y combinarla) y un puente de mando, que es el que escoge en base a unas reglas personales una ruta viable. En el puesto de mando se compara la ruta con las cartas naúticas, ordenes de los superiores, potencia de los propulsores, previsión del tiempo, y así se da el visto bueno o se rechaza la sugerencia de la sala de máquinas. Los expertos coinciden actualmente en una serie de “habilidades ejecutivas”, que permiten dirigir una acción movida por metas conscientemente elegidas.

«No nacemos con las funciones ejecutivas que nos permiten controlar los impulsos, hacer planes, y focalizarlos. Nacemos con el potencial de desarrollarlas durante la infancia y la adolescencia. Ayudar a adquirirlas es una de las mayores responsabilidades de la sociedad. La revolución educativa no llegará con la tecnología, llegará con la pedagogía».

Building the Brain “Air-Traffic Control” System Center on Delevoping Child, Universidad deHarvard

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